Hoy volvía a jugar con las varitas mágicas que hicimos en Kaser para fin de año.

Abrakadabra como concepto. Crear mientras hablás. Creer mientras decís.

Mientras la giraba entre los dedos, pensé: “Esto también podría ser una batuta”.

Hace poco, alguien a quien admiro profundamente me dijo: “Es difícil llevar la batuta”. Esa persona no viene del palo empresario, y es de las más increíblemente humanas que conozco. De esas inteligencias que, como decía Victoria Ocampo, no son solo intelectuales, sino de la vida.

Y la frase me quedó resonando…

Llevar la batuta es una expresión antigua, casi vintage. Pero la dificultad que nombra no lo es en absoluto. Porque llevar la batuta es más que conducir. Es marcar un ritmo en un mundo que va desacompasado. Es querer ordenar cuando cada instrumento trae su propia urgencia, su propio tempo, su propio ruido.

¿Siempre fue difícil? Probablemente sí.

Pero hoy, el rol del que conduce está más expuesto, observado y cuestionado. Antes la autoridad venía dada. Hoy se construye y se revisa todo el tiempo.

Llevar la batuta hoy es sostener sin rigidez. Tomar decisiones sabiendo que no todas van a ser aplaudidas. Y aceptar que liderar no es gustar, sino hacerse cargo.

Tal vez por eso la frase pesa más ahora. Porque el liderazgo se volvió un equilibrio frágil entre escuchar y decidir. Entre abrir el juego y cerrar filas. Entre acompañar y, a veces, quedarse solo.

En ese camino, uno se endurece, y a veces se vuelve incómodo. Durante mucho tiempo asociamos dureza con falta de humanidad y blandura con debilidad. Pero, ¿qué pasa si endurecerse no es volverse frío, sino firme? ¿Y si ablandarse no es ser débil, sino permitirse ser más sensible?

Llevar la batuta también es saber cuándo tensar y cuándo aflojar. Cuándo sostener una postura o cambiarla.

No es magia, pero se le parece.

Entre la varita y la batuta, hay algo en común: ambas requieren intención. Un gesto que active algo en otros. Y quien lleva la batuta también necesita momentos de varita. Espacios donde volver a creer, imaginar sin estructura y hacer su propio abrakadabra antes de volver a marcar el compás.

Quizás liderar hoy sea eso: aprender a alternar. En lugar de quedarse en el mando, o en la magia, animarse a usar ambos, según el momento.

La pregunta queda abierta y me interesa leerte. Si liderás equipos, proyectos o procesos, ¿cómo fuiste adaptando tu manera de marcar el ritmo?

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