Últimamente, noto algo que se repite en equipos, conversaciones y proyectos: el foco desmedido en lo que falta. Este 20% pendiente, imperfecto o mejorable se analiza con lupa, mientras el 80% que sostiene el trabajo pasa casi desapercibido. Y cuando lo que funciona se vuelve invisible, la calidad de los vínculos, y del trabajo, se resiente.

En la familia, en los equipos, con amigos, incluso con uno mismo. Sin darnos cuenta, nos volvemos expertos en detectar fallas: ese mail que no salió perfecto, el detalle que faltó, el gesto que esperábamos y no llegó.

En esa mirada tan afilada para lo que no está, dejamos de ver algo enorme: lo que sí está. Personas ponen un montón de sí todos los días. Que sostienen, cuidan y avanzan. Ese 80% bueno, el que habilita todo lo demás y muchas veces damos por sentado.

¿Y si movemos el foco? ¿Y si afilamos la mirada hacia otro lado? No hablo de decir por decir “qué bien hiciste esto”. Me refiero a mirar de verdad: registrar, valorar, agradecer. Ver la intención detrás de la acción, el esfuerzo real detrás del resultado final.

Las personas crecen cuando sienten que alguien ve su 80%. Cuando te reconocen te expandís, y cuando te ignoran te encogés. En los equipos, esto puede cambiarlo todo.

Ojo, no se trata de negar el 20% que falta. Sino de equilibrar la balanza. Porque si solo operamos desde ahí, nos volvemos duros, escasos, exigentes sin alma.

La transformación aparece cuando ajustamos la mirada. Corregir lo que haya que corregir, sí, pero sin dejar de honrar primero lo que está bien.

El reconocimiento construye, acerca y humaniza. Y eso, en cualquier vínculo, siempre vuelve multiplicado.

¿Y si empezás a mirar (y reconocer) el 80% que sostiene más de lo que creés?

Escribinos por WhatsApp